Corriendo para alcanzarlo, sin saber que Dios tenía otro camino

Maria Fernanda

septiembre 22, 2026

Estoy cumpliendo 35 años, y aunque sé que una fecha no transforma mágicamente nuestra vida, hay edades que nos hacen detenernos a ver el camino recorrido y preguntarnos si estamos donde pensábamos que estaríamos.

Hace diez años estaba por casarme con mi primer amor, el cual soñaba sería para toda la vida, imaginando que para este momento ya tendría una casa, hijos y una vida construida junto a ese esposo “ideal”, pero esa historia fracasó épicamente. Años después decidí escribir otra versión de mi futuro con un nuevo y supuesto mejor amor. Lo curioso es que en ambas historias realmente creí con todo mi corazón saber hacia dónde iba mi vida. En esas dos etapas hice planes, me aferré y traté de sostener con mis manos aquello que deseaba que funcionara, pero ninguna de esas historias terminó como lo imaginé.

Después de esos años de grandes lecciones aprendidas y vivir en otras ciudades, alejada de todo lo que solía conocer, hoy estoy soltera y vivo nuevamente con mi familia en Ciudad Juárez. Puedo decir con certeza que mi vida se ve muy distinta de aquella que alguna vez planeé. Trabajo dirigiendo negocios con mi familia y tengo muchas bendiciones que agradecer, pero también estoy descubriendo sueños que había dejado guardados, partes de mí que todavía no terminaba de habitar y una nueva dirección que Dios está despertando en mi corazón.Y aunque confío plenamente en Él, hay momentos en los que todavía aparece esa pregunta silenciosa: ¿Y si se me está yendo el tren?.

Hace unos días, mientras depuraba mi recámara, encontré una carta que había escrito años atrás. Era una carta escrita por mi presunta yo del futuro, como si yo pudiera describir anticipadamente todo lo que habría sucedido: la mujer en quien me convertiría, las metas alcanzadas, los sueños cumplidos y la vida que tendría.

En aquel momento probablemente pensé que estaba escribiendo con esperanza. Tal vez intentaba darme dirección, certeza y algo hermoso hacia dónde avanzar. Sin embargo, al volver a leerla comprendí algo que hoy me confronta profundamente: yo no soy la autora soberana de mi historia.

Puedo planear, trabajar, soñar y tomar decisiones responsables, pero no tengo el control absoluto de la vida. No puedo profetizarme un futuro ni decretar que las cosas ocurrirán porque las escriba con suficiente convicción. Yo no soy Dios, ni soy la reina de mi vida, yo soy una hija del Rey, una princesa de Dios llamada a vivir bajo su gobierno.

Tengo que confesar que leí aquella carta en terapia y pude hacerlo con gratitud. Algunas cosas sucedieron de maneras inesperadas; otras fueron transformadas y muchas nunca llegaron como las había imaginado. Pero al ver todo el camino comprendí que Dios había estado presente incluso cuando mis planes no se cumplieron. Él proveyó, cerró puertas, me protegió de historias que yo insistía en sostener y me condujo hasta aquí mediante un camino mucho mejor que el que yo habría podido escribir sola.

Así que, con ese agradecimiento en el corazón y al recordar todos los caminos recorridos donde Dios fué siempre fiel y me sostuvo con su inmenso amor, aunque yo no estuviera completamente consciente de ello, decidí romper la carta. No porque soñar sea malo ni porque planear signifique desconfiar de Dios. La rompí como una forma de soltar aquella versión de mí que necesitaba escribir su futuro para sentirse segura. Ya no quiero construir una vida alrededor de mis propios altares y después pedirle a Dios que los bendiga. Quiero rendirle mis deseos y permitirle que confirme, transforme o retire lo que no corresponda con su voluntad.

“El corazón del hombre piensa su camino; Mas Jehová endereza sus pasos.” Proverbios 16:9, RVR1960

A veces pienso en los años que invertí en relaciones que no dieron el fruto que esperaba. Entre mi matrimonio fallido y la relación engañosa que vino después, fueron alrededor de dieciséis años de mi vida vinculados a historias que claramente no eran el diseño de Dios para mí. Y si necesito decirlo con brutal honestidad: no voy a afirmar que todo aquello fue el plan de Dios. Hubo decisiones que tomé sin poner verdaderamente a Cristo en el centro. Hubo momentos en los que me aferré, ignoré señales, intenté salvar relaciones y permanecí en lugares que me cortaban las alas, me confundían y me asfixiaban, drenando gota a gota la vida que Dios había plantado en mí.

Hoy soy una mujer más madura y sabía que entiende que toda decisión fué mi responsabilidad. Pero también he hecho las paces con cada parte de mi historia, porque la gracia de Jesucristo fue capaz de entrar incluso en los lugares que yo había elegido equivocadamente. Cada vez que estuve de rodillas, rota y sin saber cómo salir, Él estuvo conmigo. Me sostuvo, me protegió y finalmente me sacó de espacios de los que yo sola no habría podido salir.

Dios no llamó bueno a lo que me hizo daño, pero tampoco permitió que el dolor tuviera la última palabra. En cambio, gracias a todo lo vivido, puedo acercarme a otras mujeres sin juzgarlas superficialmente. Sé que la manipulación no siempre llega mostrando un rostro cruel; a veces se presenta envuelta en encanto, dulzura y aparente protección. Sé lo que es comenzar a dudar de una misma y preguntarse por qué no se puede simplemente irse. Pero también puedo testificar que Cristo entra en los rincones más oscuros, confronta nuestras mentiras y nos conduce nuevamente hacia la verdad.

Aquellos años no produjeron la familia que yo esperaba, pero Dios está haciendo que produzcan compasión, discernimiento y un testimonio que ahora puede servir a otras mujeres. No fueron su plan perfecto, pero tampoco quedaron fuera del alcance de su redención.

Entonces llegó mi versión 2.0… esa princesita que durante mucho tiempo se contó el cuento de que ella podía sola con todo. La mujer productiva: empresaria, directiva, hija, hermana, pareja, la mujer arreglada, entaconada y eficiente que intentaba sostener trabajo, relaciones, familia, salud y responsabilidades sin detenerse demasiado.

Mientras corría detrás de una meta, ya estaba pensando en la siguiente; había que alcanzar pronto con gran esfuerzo el tren del matrimonio, de la maternidad, de la casa propia, del cuerpo que deseaba, del éxito profesional, del proyecto personal, del propósito, de la vida espiritual perfecta, en fin, de finalmente convertirme en esa mujer organizada, disciplinada y segura que imaginaba que a estas alturas de mi vida ya debía ser.

Veía a otras mujeres casarse, tener hijos, comprar casas, comenzar negocios o aparentemente encontrar su lugar, y la comparación me hacía creer que yo estaba parada en una estación mientras todos los demás trenes continuaban avanzando.

Entonces corría y me refugiaba en el trabajo, llenaba mi agenda, intentaba sanar más rápido, controlar mis procesos y construir con mis manos la vida que pensaba que ya debería tener. Incluso el descanso podía convertirse en otra tarea que tenía que hacer correctamente.

Pero llegó un momento en el que tuve que preguntarme:¿Quién carajos me dijo que yo tenía que subirme a ese tren?, ¿Quién decidió que mi historia debía seguir exactamente ese recorrido y llegar a cada estación a determinada edad?.

Quizá el problema no era que se me estuviera yendo el tren. Quizá estaba tan ocupada intentando alcanzar la vida que imaginé que no podía ver el camino por el que Dios realmente me estaba conduciendo.

Sin darme cuenta, fui construyendo demasiados “cuando”: cuando sane, cuando me sienta segura, cuando mi cuerpo cambie, cuando tenga más tiempo, cuando todo esté ordenado, cuando tenga esposo, cuando tenga hijos, cuando, cuando, cuando… y ese cuando parecía nunca llegar.

Y así, mientras esperaba la vida que había imaginado, podía dejar de reconocer la vida que Dios ya me estaba regalando.

Yo continúo teniendo anhelos profundos. Deseo compartir mi vida con un hombre que ame a Jesucristo, formar una familia, ser mamá y construir un hogar. No quiero fingir que esos deseos desaparecieron ni convencerme de que ya no me importan para evitar la vulnerabilidad de esperar. Dios conoce mi corazón y puedo presentarle cada uno de esos anhelos.

Pero mi vida no comenzará el día en que Dios llegue a darme todo eso que anhelo con todo el corazón. Mi vida está sucediendo hoy.

Hoy puedo aprender, bailar, escribir, crear y viajar. Hoy puedo servir en mi iglesia, cuidar a quienes necesitan ternura y comenzar a construir la comunidad que Dios ha puesto en mi corazón. Hoy puedo ordenar mi espacio, alimentar y mover mi cuerpo con amor, disfrutar una comida, leer un libro, descansar y agradecer.

No porque haya renunciado a compartir algún día estas cosas con una familia propia, sino porque ya no quiero abandonar el día de hoy mientras espero el mañana.

Soltar el timón no significa volverme pasiva ni esperar que Dios haga aquello que me corresponde. Una vida rendida a Cristo también exige responsabilidad, obediencia, trabajo, sabiduría y dominio propio.
Me corresponde cuidar lo que Él me ha confiado. Tomar decisiones, pedir consejo, prepararme, administrar mis recursos, reconocer mis errores y corregir cuando sea necesario. Pero no me corresponde controlar el resultado ni exigirle a Dios que siga el itinerario que yo diseñé.

Durante mucho tiempo pensé que confiar en mí significaba creer que jamás volvería a equivocarme. Después de haber tomado decisiones dolorosas, quería asegurarme de no
abordar nunca otro tren incorrecto. Pero también eso era una forma de soberbia y de miedo. Soy humana, y por lo tanto seguiré necesitando corrección, sabiduría y gracia.

Mi seguridad no puede estar en mi capacidad de elegir perfectamente cada ruta. Mi seguridad está en permanecer cerca de Jesucristo, suficientemente humilde para escucharlo, detenerme y cambiar de dirección cuando Él me confronte.

No voy a conocer anticipadamente a la mujer en quien me convertiré. La conoceré caminando con Cristo, un paso a la vez.

Ahora comprendo que no necesito correr desesperadamente detrás de cada posibilidad. No tengo que resolver simultáneamente el matrimonio, la maternidad, el cuerpo, la casa, los negocios, el viaje, el libro, el devocional y todo mi futuro.

La ansiedad me exige conocer hoy el recorrido completo. La sabiduría me invita a discernir el siguiente paso fiel.

Tal vez el camino que Dios tiene para mí no se parece al trayecto rápido, recto y predecible que yo había imaginado. Quizá todavía tenga que atravesar partes del desierto. Pero ya no veo el desierto únicamente como un lugar vacío. Fue allí donde Cristo comenzó a derribar mis altares, sanar mis raíces y enseñarme a depender de Él.

No se me está yendo el tren de la vida. Se me está cayendo la versión de la vida que construí sin preguntarle a Dios, mientras Jesucristo me enseña a habitar la que Él puso delante de mí.

Hoy no necesito saber cuánto falta ni cómo se verá el final. Necesito permanecer cimentada en Cristo, obedecer lo que ya me mostró y confiar en que Él conoce perfectamente los deseos de mi corazón.

Mi historia no está en mis manos. Está en manos mucho más seguras. Y esperar en Dios no significa sentarme a observar el calendario hasta que Él me entregue aquello que le pedí. Tampoco significa correr desesperadamente para llenar cada espacio, demostrar que estoy bien sola o fabricar con mis manos lo que todavía no ha llegado.

Ya conozco el agotamiento de tratar de sostenerlo todo con mis propias manos. No quiero volver a convertirme en la princesita agotada que se apresura, controla y resuelve para sentirse segura.

Quiero avanzar de otra manera: sostenida por Cristo.

Dejar de pausar mi vida significa estar disponible para obedecer: avanzar cuando Dios abra una puerta, permanecer quieta cuando me pida esperar y confiar aún cuando solamente pueda ver el paso que tengo delante. No necesito conocer todo el camino. Me basta saber con quién estoy caminando.

Princesa, quizá tú también has sentido que se te va el tren. Tal vez tu vida no se parece a la que imaginabas a esta edad y te preguntas cuánto tiempo perdiste, si todavía alcanzarás aquello que deseas o si ya deberías estar mucho más adelante.

Pero tu valor no disminuye por lo que todavía no ha llegado. No estás olvidada ni fuera del alcance de Dios. Eres una hija amada por el Padre, redimida por Jesucristo y acompañada por el Espíritu Santo.

Quizá no llegaste tarde. Quizá Cristo está enseñándote a dejar de correr detrás de cualquier tren por miedo a quedarte en la estación. Tal vez está invitándote a tomar su mano y caminar por un sendero distinto: uno que puede atravesar el desierto, pero mientras que permanezcas cimentada en Él, también puede comenzar a florecer.

Recuerda que siempre puedes confiarle a Dios el mañana sin abandonar el día de hoy.

Para llevar contigo

No necesito correr para recuperar mi vida ni subirme a cualquier tren por miedo a llegar tarde. Mis tiempos están en las manos de Dios. Hoy quiero permanecer cerca de Jesucristo, obedecer el paso que tengo delante y confiarle a Él todo el camino.

Para hablar con Dios

● ¿Detrás de qué “tren” he estado corriendo por miedo a quedarme atrás?
● ¿Qué parte de mi futuro continúo intentando controlar?
● ¿Qué plan necesito rendir para poder reconocer el camino que Dios ya puso delante de mí?
● ¿Cuál es el siguiente paso fiel que puedo obedecer hoy?

Oración de una princesa que ya no persigue ningún tren

Padre amado, gracias porque mis tiempos están en tus manos y mi historia nunca ha estado fuera de tu alcance. Perdóname por las veces que he medido mi vida con el reloj del mundo, he corrido detrás de planes que tú no me pediste perseguir o he intentado ocupar el lugar que solamente te pertenece a ti.

Hoy rindo delante de ti mis anhelos, mis tiempos, mis errores y la vida que alguna vez imaginé. Gracias porque, aún cuando tomé decisiones sin consultarte, tu misericordia me alcanzó, Jesucristo me sostuvo y tu gracia fue capaz de conducirme nuevamente hacia la verdad.

Señor Jesús, derriba con amor las mesas que todavía he levantado en mi corazón. Quita los altares de control, miedo, aprobación y autosuficiencia. No quiero escribir mi propia historia y pedirte después que la bendigas; quiero permanecer cerca de ti y permitir que seas verdaderamente mi Rey.

Espíritu Santo, dame discernimiento para reconocer las puertas que vienen de Dios, humildad para recibir corrección, valentía para avanzar y paciencia para esperar. Recuérdame que no necesito conocer todo el recorrido; solamente necesito obedecer el paso que tengo delante.

Padre, ayúdame a recibir este día como parte de mi historia. Que mi vida te pertenezca, que mis decisiones honren a Jesucristo y que incluso el desierto produzca raíces profundas y fruto para tu gloria.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Categoría: Fundamento

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